Opinión

Sobre la tradición

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Una vez más, al acercarse las celebraciones Navideñas, vuelven las discusiones acerca de los límites entre tradicional y lo no-tradicional, lo propio y lo ajeno. Esta clase de discusiones absurdas, teniendo en cuenta que muchos de los elementos que se pretende enfrentar son en realidad evoluciones diferentes que parten de un mismo fondo común, demuestra no sólo lo ciegos que podemos llegar a estar respecto a las tradiciones que queremos mantener vivas, sino lo predispuestos que estamos al enfrentamiento contra el imaginario enemigo que amenaza nuestra identidad.

Se podría decir que existen dos maneras de ver la tradición: como una serie de normas a seguir, o como un abanico de posibilidades a desarrollar. La primera implica repetir unas mismas formas, de la forma más cercana posible a la original; mientras que la segunda permite explorar diferentes formas para expresar el mismo contenido. El problema, a la hora de la conservación es que tanto las formas como los contenidos están sujetos a cambios por el paso del tiempo, de modo que, en realidad, lo único a lo que podemos aspirar es a mantener vivas las esencias detrás de las prácticas y creencias de nuestra tradición, cuyas auténticas raíces solemos desconocer o rechazar porque no cuadran con nuestras idealizaciones modernas.

La “ancestralidad” es engañosa. Mucho de lo que  se etiqueta como “tradicional”, es sólo una tendencia de larga duración; de forma lo que a nosotros nos puede parecer una práctica surgida de la noche de los tiempos, tal vez no pueda remontarse más allá de siglo y medio en nuestra historia. Esto es debido a los mismos mecanismos de trasmisión de la tradición, que no sólo aprendemos de forma consciente, sino por medio del contacto con nuestro entorno. Para que una práctica devenga tradicional, basta con que pase por diferentes generaciones en una misma familia: cualquier práctica que hayan vivido nuestros bisabuelos, abuelos, padres, tíos y primos quedará en nuestra memoria como algo que, “hasta donde recordamos, siempre ha sido así”. Esta percepción será más fuerte mientras más la compartamos personas de nuestro entorno o comunidad. Pero, como decíamos antes, cuatro generaciones equivalen aproximadamente a poco más de un siglo histórico. Por poner un ejemplo, la mayoría de “platos tradicionales” de nuestras respectivas tierras incluyen productos que no crecían en Europa hace 700 años.  Las formas concretas van variando, y a veces llegan a contradecirse a sí mismas, por lo que vale la pena prestar atención tanto a los cambios que se producen, como a las formas que permanecen, y las que se incorporan con éxito a la tradición.

A menos que uno tenga la manía de cuestionarse las cosas, allí donde acaban los recuerdos colectivos empiezan las leyendas contemporáneas y la idealización (o demonización) romántica del pasado. Lo hemos visto muchas veces, a finales del siglo XIX y a principios del XX surgió el interés por el folklore, por las tradiciones y costumbres populares ligadas a diferentes territorios. En muchas ocasiones, sin embargo el folklore fue reformulado, interpretado  y difundido de forma que encajara con las teorías en boga de aquel momento, y así deformado ha llegado a nosotros con la etiqueta del “aquí siempre ha sido así” o, aún peor, “el verdadero origen de X es Y”… perpetuando equívocos y malas interpretaciones que también parecen haber pervivido a lo largo de las décadas y asoman alegres en diferentes medios de difusión, para horror de los investigadores actualizados.

Muchos siglos antes de convertirse en una disciplina científica, la historia surgió como género literario, y hasta la fecha mantiene esa dualidad. Aún hoy la historia se estudia como una mitología propia de los estados modernos, plagada de ejemplificantes héroes y villanos. No se enseña y aprende de una manera crítica, sino que nos llega como una narración que apela a nuestras emociones y nos vincula con una serie de valores o principios. Incluso a menudo encontramos publicaciones especializadas que juegan con esta manera emocional de considerar la historia. Lo mismo sucede con las tradiciones, aprendidas en contextos de socialización desde temprana edad, y que son abrazadas o desechadas, pero raramente cuestionadas o conocidas en profundidad.

Por eso se discute (aún!!) acerca de si será oportuno poner un árbol de Navidad o belén, o si ambas cosas son demasiado extranjeras, paganas o cristianas, si los regalos vendrán de parte de San Nicolás o los Reyes Magos, o ha de dejarlos el Tió, y vemos todos estos elementos como si estuvieran aislados y procedieran de tradiciones que nunca hubieran estado en contacto, en lugar de verlas ser expresiones de un fondo común que se ha ido diversificando y enriqueciendo con aportaciones de todo tipo a lo largo de – por lo menos- tres mil años. A veces buscamos la “forma correcta” como si sólo hubiera una, en eterno peligro de extinción, y nos vetamos la oportunidad de escoger la forma que más nos guste de celebrar la fecha que celebramos todos por motivos, en el fondo, muy parecidos. A buen seguro no podamos hablar de una única tradición, pero sí podemos documentar continuidades y recurrencias en culturas emparentadas, e incluso concurrencias en culturas distintas.

En nuestras mentes asociamos la palabra “tradicional” con “Pre-moderno”, es decir,  con cualquier cosa anterior al auge de la industrialización, ya que ésta que conllevó un cambio brutal en las formas de producción y los ritmos de vida. Es posible que el renovado interés por las tradiciones venga en parte provocado por la necesidad de humanizar de nuevo nuestras vidas en un sistema que ha sabido incorporar la automatización a nuestro discurrir diario y domesticarnos por medio del placer inmediato – y el hastío que a la larga causa-. Personalmente creo muy posible que, en realidad, esa sea la sombra común que nos cuesta tanto trabajar: el nivel de desprecio por la vida al que hemos llegado, empezando por las múltiples formas que tenemos de maltratarnos a nosotros mismos y terminando por las múltiples formas en las que estamos destrozando el mundo que habitamos. Es normal que en esta situación el pasado nos llame, sobretodo el idealizado, y se convierta en una vía de escape sobre la que fantasear. Pero hay otras formas de ver el pasado, y algunos vemos en él precisamente la prueba de que ni todo es como nos lo han contado, ni hay nada inamovible. No miramos atrás con nostalgia ni para  aprender  esa “historia que se repite” (en realidad no se repite nunca, si no es a base de simplificaciones), sino para tratar de comprender cómo aquellos que nos precedieron construyeron su tiempo, y darnos cuenta de cómo nosotros construimos nuestro presente.

Creo que siempre habrá una parte de nosotros que siga narrando el pasado de forma legendaria, lo cual responde también a determinadas necesidades humanas. Sin embargo, a diferencia de otras culturas, la nuestra ha perdido (técnicamente) la inocencia respecto al propio pasado, y no deberíamos pretender ignorar lo que ya sabemos, es decir, que nuestras tradiciones son un constructo que se renueva a cada generación. Que cuanto mayor es el conocimiento que tenemos sobre nuestro pasado, más necesario es reconocer que une piezas de distinta – y, a veces, insospechada- procedencia. Sin embargo, algunos aún parecen asustados por este hecho, y se aferran aún más a la idea que conservar es luchar contra el cambio. La cosa se complica cuando uno introduce ideas como el rechazo al racismo o la homofobia, que en muchas ocasiones contradicen el decálogo de esa ideología conservadora moderna. A lo que en justicia sólo se puede responder, que encontramos en el pasado espacios de libertad mayores que los que hoy por hoy se reconocen; pero que aún si no existieran esos ejemplos, es nuestra tarea, como generación, crearlos en el presente.

Tal como yo lo veo, la tradición está viva, y por eso en constante cambio. Para mí, la tradición es de aquellos que consiguen mantenerla viva, no cristalizada. Conservarla no implica cerrar sus puertas, sino asegurar que quien llegue a ella las encontrará abiertas. Una tradición no se pone en peligro por entrar en contacto con otras, sino por dejar de tener sentido para aquellos que la comparten. Por eso no puedo mirar la tradición como un libro de instrucciones, sino que trato de indagar en su significado. Le hago preguntas, y a veces responde… Hasta la fecha me ha hablado de muchas personas que han pasado por estas tierras, y de muchas otras que partieron, me ha contado historias de grandes injusticias, heroísmos y absurdos, me ha mostrado gran variedad de formas de belleza, arte, sacralidad. Se ha contradicho más de mil veces a ella misma, lo cual nada tiene de raro teniendo en cuenta que habla con más de mil voces, pero me ha dejado claro que todos esos hilos siguen tendidos de alguna forma en nuestra herencia común. Otra cosa es lo que decidamos hacer con ella.

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Imagen:  Common Work, Albert Anker, 1883