Miquel Martí i Pol

Un invierno plácido

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Un invierno plácido

Mide palmo a palmo el tiempo, las horas; mira como un tardío
vuelo de tordos acorta aún más la tarde
y te contagia el frío que debe hacer fuera.
Ahora, si te parece, puedes reseguir los meandros
que hacía el río antes de que las últimas lluvias
alterasen su curso. Ya nada volverá
a ser tal como lo recuerdas, ni el sabor de las palabras
tendrá aquel punto en que lo agridulce del misterio
te incitaba a combatir sus límites más estrictos.
Te espera un largo invierno de renuncias pactadas
contigo mismo, para hacer más netamente tangible
la clara soledad que te mece como una
música muy suave, nostálgica y amiga.
Benigna, la tristeza no te adormece;
puedes, pues, considerarte discretamente feliz,
discretamente perdido entre la gente que te rodea.
No te quejes en absoluto; espera sólo que los dioses,
prudentes y generosos, dicten sus leyes y acógelas,
generoso tú también, con una gran ternura.

                                                                                           Miquel Martí i Pol, Un hivern plàcid, 1994

Regresa el viento del otoño más frío, anunciando el invierno, y vuelven los versos de Miquel Martí i Pol, cuyas palabras me han acompañado época tras época, siempre llenas de significados que se develan lentos en el paso de los años, evocando un misterio profundo tras la discreción de lo simple y cotidiano. Esa manera de enseñar que no consiste en explicar nada, sino en señalar puntos de atención hacia los cuales todo nuestro ánimo reacciona, dibujando interrogantes, umbrales a esas silenciosas realidades que, sin saberlo, también habitamos.

Los mejores inviernos nos invitan al reencuentro con lo esencial, de uno mismo, de la vida. La luz se suaviza, el paisaje se adormece, y nosotros permitimos que el mundo se reduzca a ámbitos más silenciosos e íntimos, al encuentro con lo que fuimos, lo que somos y seremos antes de convertirnos en un montón de huesos. Hacía semanas, meses, que agobiada por el trabajo pensaba en el regreso a este espacio, en la forma que debería tomar, casi desesperada por no tener nada claro mientras el tiempo se me escapaba. Qué ridicula puede llegar a ser nuestra obsesión por el control, qué peligrosas las modernas e inconscientes formas en las que constreñimos y maltratamos nuestro ser.

El frío recién llegado me regala una paz desconocida en otros momentos,  y como un caballo que sabe la ruta a seguir, el espíritu se abre camino y  me adentra en los bosques, me conduce a la orilla del mar nocturno. Allí, bajo el centelleo de estrellas lejanas, se produce el reencuentro con las sombras y reflejos que devoro y libero nuevamente como una bandada de aves níveas u oscuras.

El invierno es un camino de regreso a casa, por esos caminos conocidos y medio olvidados. Y es aquí, cerca del fuego primero, encendido desde los remotos recuerdos la infancia, que se reencuentra el sentido incluso de los errores, y hago las paces conmigo misma, y con el mundo, y recobro fuerzas para abrir la puerta a los viejos amigos y a los desconocidos visitantes. Aquí, donde vuelvo una y otra vez a mudar la piel, o a quedar desnuda, o a urdir una nueva que me acompañe en la travesía del futuro. Aquí, entre recuerdos y despedidas, donde encuentro esa voz propia que, de vez en cuando, se distrae y casi extravío.

fulla

Imagen: La carta, Ana y Elena Balbusso,2013