Inquisición

La inquisición: brujería y brujomanía

Bordelon, Laurent, 1653-1730. L’histoire des imaginations extravagantes de Monsieur Oufle. Amsterdam, Estienne Roger et al., 1710

Algunos autores han descrito a las mujeres condenadas por la Inquisición como heroicas marginadas, o han seguido este modelo para hacer lo propio con los científicos de la época. Siguiendo esta tendencia, algunos paganos han querido convertir a las víctimas de estas persecuciones en “mártires de la brujería / de los antiguos cultos”. Sin embargo este tipo de aproximaciones emocionales al tema resultan demasiado engañosas e interesadas para aproximarnos al fenómeno histórico, y han provocado al mismo tiempo que, por lo general, no se quiera ni oír hablar del tema. El resultado es que existe un gran desconocimiento acerca de lo que fueron y lo que significaron las persecuciones por brujería que las Inquisiciones llevaron a cabo en la Europa de los siglos XV-VII, momento en el que se gestaron algunas ideas e imágenes acerca de la brujería con las que aún convivimos y a las que, de vez en cuando, resulta conveniente lanzar una mirada crítica.

Debido a la creencia extendida de que el Medievo fue un periodo de oscurantismo, a menudo es difícil identificar los “márgenes de tolerancia”, que se conservaban por aquel entonces y percibir cómo éstos fueron eliminados sistemáticamente con el cambio de mentalidades propio de la llegada de la Edad Moderna. De hecho en la alta Edad Media, tras la caída del Imperio Romano, se puede hablar de una “revivificación” del paganismo, dado que muchas prácticas paganas recuperaron su antiguo vigor. Las instituciones eclesiásticas condenaron estas faltas con amonestaciones a los paisanos, pero, dado que eran consideradas poco más que viejas supersticiones propias de gentes crédulas, se mantuvieron escépticas respecto las posibilidades que la brujería y los antiguos cultos tenían de convertirse en competencia.

Las primeras persecuciones de la Inquisición se dirigieron a los cátaros y albiguenses. Las acusaciones vertidas hacia este colectivo fueron las mismas que más tarde se lanzarían contra los judíos, y constituyen la base de un cuerpo de acusaciones que se seguiría elaborando a lo largo de los siglos (envenenamiento de aguas, asesinato de niños, reuniones sacrílegas…). Brujas y brujos no estuvieron en el punto de mira de la Inquisición hasta que la brujería pasó a considerarse, gracias a las elaboraciones eruditas de los teólogos, un culto herético. En 1484 Inocencio VII publicó la bula Sumis Desiderantes Affectibus donde afirmaba la realidad del culto al diablo por parte de la secta de las brujas y autorizaba la redacción del Malleus Maleficarum. Este manual para inquisidores consolidó la imagen de la brujería que había sido elaborada por los demonólogos – como una secta cuyos adeptos rendían culto al diablo-, la acercó a un público más amplio a través del que llegó a mezclarse con las creencias populares y sirvió como soporte teológico y legal para instruir causas de brujería.

La diferencia que existe entre las persecuciones de época medieval, y las de la época moderna (que llegaron a América) es crucial a la hora de entender fenómenos históricos paralelos que han continuado produciéndose hasta nuestros días. Mientras que la inquisición medieval se ocupa de individuos particulares, acusados en la mayoría de casos por daños concretos, a los que se probaba mediante la ordalía o “juicio de dios”, la inquisición moderna trató – paradójicamente- de ajustarse al método científico, y recurrió a indagación, la búsqueda de pruebas o señales del delito de pertenencia a la secta herética, y empleó la tortura como medio para lograr la confesión.

El prestigio de la “ciencia” estaba ganando posiciones en la mentalidad de la época, por lo que desde las autoridades eclesiásticas se buscaba realizar una depuración de la religión, con el fin de que ésta estuviera a la altura de su nueva competidora. Así como en un primer momento se había condenado a científicos, en este cambio de tornas muchos cristianos, especialmente los místicos, también fueron perseguidos. Esto explica en parte que la persecución de brujas tuviera mayor impacto en las zonas protestantes, ya que en el catolicismo existen muchos elementos residuales del paganismo. El culmen de esta “racionalización” de los métodos inquisitoriales fue que las autoridades eclesiásticas insistieron en solicitar la colaboración de los poderes civiles. Si era posible establecer una “metodología científica” para descubrir y procesar a los seguidores del culto a la brujería, ya no era necesario ser miembro de la iglesia para ayudar al mundo en la lucha contra las brujas: bastaba con seguir los pasos descritos en los manuales. Llegó un momento en el que el peso de las persecuciones se trasladó del terreno eclesial al civil.

El historiador Gustav Henningsen consideró que las actuaciones desproporcionadas de la Inquisición moderna poco tenían que ver con lo que había sido la Inquisición medieval, y propuso establecer una distinción entre la creencia en la brujería y lo que él denominó la brujomanía. Según Henningsen, la creencia en la brujería permite creer que los males que nos acechan no son castigos divinos a causa de las faltas cometidas (pecados/ quebrantamiento de tabúes), sino ataques de individuos malignos, en relación con las fuerzas oscuras de las que son servidores. Sobre estas personas se proyectan todas las ideas de maldad imaginables. En este contexto, en tanto que se puede combatir con la bruja mágica y físicamente, el mal puede ser combatido por los mismos medios. Para combatir a las brujas y otros agentes malignos en su propio terreno, se recurría en primera instancia a figuras como los “saludadores” o los “benandanti”. Esta creencia popular se puede rastrear en los interrogatorios de los inquisidores modernos que desesperaban al no poder encajar en sus esquemas los relatos de esta clase de enfrentamientos entre bandos sobrenaturales (benandanti contra brujos y brujas, licántropos contra brujos y demonios, etc…) que encontraban en las áreas más alejadas de su influencia. De hecho, una de las tareas de los inquisidores fue ir borrando la diferencia entre unos y otros, considerándolos “brujos” a todos por igual.

Señala Henningsen que en este sentido, para la comunidad, la bruja o cualquier otro agente del mal cumple la función de chivo expiatorio. Al convertirse en la encarnación de la amoralidad, toda acción que se emprenda en contra de la bruja/o servirá como válvula de escape (aceptada por la comunidad) al instinto agresivo de cada individuo, y al mismo tiempo éste procurará mantenerse en los márgenes sociales establecidos para no correr el riesgo de ser confundido con “el enemigo”. Contra estas brujas se realizaron acusaciones concretas de hechicería (realizada contra una persona, un animal, un campo…), no hubo acusaciones en grupo, y la cuestión demonológica careció de importancia.

Mientras que la creencia en la brujería, tal como ha sido definida en el párrafo anterior, puede hallarse en diferentes épocas y enclaves geográficos, las características de la brujomanía brotaron sólo en algunas zonas de Europa, en los siglos XV, XVI y XVII. La brujomanía es un delirio colectivo provocado a raíz de la mezcla de la creencia popular en la brujería y la difusión de la idea de culto al diablo que se realizó por parte de los demonólogos. En palabras de Henningsen:

La brujomanía colectiva puede definirse cómo una forma explosiva del impulso de persecución (…) La demonología, producto erudito discutido y estudiado en los despachos de teólogos y juristas, era inofensiva mientras no traspasase el área intelectual; el daño existió en el momento en que el predicador desde el púlpito y el juez en el tribunal intentaron aplicar sus conceptos abstractos a las causas populares concretas, y viceversa. Situaciones de este tipo favorecían las mutaciones mentales colectivas, creando nuevos modelos cuya regeneración ocurría velozmente y cuyo resultado, la brujomanía, cogió por sorpresa tanto al vulgo como a la élite culta. Debido a su monstruosidad, la nueva criatura estaba condenada a vivir tan sólo por un corto período de tiempo, ya que de lo contrario hubiera provocado el colapso total de la sociedad. (…) La brujomanía no posee ninguna función reguladora y conservadora de la sociedad, al menos a nivel local; todo lo contrario, es destructiva y carece de función.

Mientras que en el contexto de la creencia en la brujería (en la bruja como agente del mal) los acusados son individuos marginados por la sociedad local, en la brujomanía cualquier individuo es susceptible de ser brujo. Se puede tratar de una válvula de escape, pero descontrolada, nociva para la misma sociedad en la que tiene lugar. Los procesos por brujería, en esta segunda época, se realizan de manera masiva (llega a acusarse a la mitad de un pueblo) y ya no importan los daños concretos a las cosechas, el ganado o los vecinos: la principal causa de acusación, convertida en una auténtica obsesión colectiva, es la supuesta pertenencia a una secta que rinde culto al Diablo.

La creencia en la brujería (empleada para designar chivos expiatorios en el seno de una sociedad) se ha mantenido hasta la actualidad, y lamentablemente aún nos llegan noticias de personas que mueren a manos de sus comunidades, o de sus propios familiares, acusadas de haber practicado algún tipo de hechicería. Sin embargo, no está de más subrayar que el proceso de fondo es el mismo cuando la víctima no es una bruja (ya sea que la persona se considere a sí misma bruja, o que le hayan puesto esa etiqueta), sino en cualquier caso en el que se produce un ataque a personas marginadas y acusadas de causar algún tipo de daño a la sociedad.

Lamentablemente, también la brujomanía ha tenido también sus paralelismos en la historia Europea del siglo XX, episodios de miedo colectivo y epidemias persecutorias por razones políticas, religiosas o raciales, difíciles de comprender desde la perspectiva racional, desde la persecución de los judíos por parte de los nazis, hasta el espionaje sobre los ciudadanos llevó a cabo la policía política de la RDA. La expresión “caza de brujas”, se empleó especialmente en la década de 1950, durante el macarthismo. El contexto de la guerra fría, el senador estadounidense Joseph McCarthy, denunció una conspiración comunista contra EEUU, con un éxito inesperado que disparó la persecución de sospechosos de espionaje y simpatizantes comunistas dentro de los medios de comunicación, el gobierno, el ejército, y la investigación científica. Los métodos que se siguieron para “descubrir” a los comunistas burlaban los principios democráticos; se dejó de lado la presunción de inocencia y ante cualquier denuncia los acusados debían desmentir su no pertenencia o simpatía por el Partido Comunista. En caso de declararse culpables, podían aligerar las penalizaciones delatando a sus compañeros.

Como forma de protesta antes esta situación, en 1953 Arthur Miller estrenó la obra de teatro Las brujas de Salem (The Crucible), basada en los juicios contra brujería que se llevaron a cabo en 1692. La obra, documentada en los registros de los juicios, ha sido adaptada en varias ocasiones al cine y a la televisión.

Bibliografía:

Armengol, Anna. “Realidades de la brujería en el siglo XVII: entre la Europa de la Caza de Brujas y el racionalismo hispánico”. Tiempos Modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Nº6, Noviembre, 2003.

Ginzburg, Carlo. Historia nocturna, Barcelona, Ediciones Península, 2003.

Henningsen, Gustav. El abogado de las brujas. Brujería vasca e Inquisición española. Madrid, Alianza editorial, 1983.

fulla

Imagen: Bordelon, Laurent. L’histoire des imaginations extravagantes de Monsieur Oufle. Amsterdam, 1710.
Texto: Vaelia Bjalfi, originalmente publicado en el Boletín de PFI Spain, Primavera 2013.