Cuento

El Monstruo

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(…) Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar. (…)

Rubén Darío, Los motivos del lobo.

Hace ya tiempo prometí escribir un cuento sobre monstruos, sobre esos monstruos que de vez en cuando nos habitan. Escrito estaba y lo guardé, hasta que hace unos días, una conversación con alguien a quien aprecio me hizo rebuscar el manuscrito entre cuadernos, y pensar que puede que haya llegado el momento de compartirlo, por si a alguien llega a servir.

Cuando cumplí 31 años me regalaron un monstruo. Era pequeño y peludo, tenía cara de conejo, cuernos asimétricos y dos ojos enormes, pero carecía de boca. Recuerdo haber pensado que, en realidad no podía morder, pero tampoco hablar… Era una criatura imposible, y como por aquél entonces yo tenía planes geniales que implicaban complicarme mucho la vida, me pareció una presencia muy adecuada en ella. Lo adopté como se adopta a un cachorrillo y lo instalé cerca de mi mesa de trabajo, ¿Cuánto podría crecer?

Sin embargo, después de la llegada de aquella criaturita silenciosa empecé a sentirme mal, primero presa de una inquietud constante, luego con dolores de cabeza,  desajustes del sistema digestivo e incluso con una pérdida transitoria de la capacidad de habla causada, según el médico, por un ataque de ansiedad. Como si hubiera caído víctima de una maldición, cada día que pasaba el mundo me volvía más desconfiada y susceptible. Veía cosas de las que nadie más parecía darse cuenta, reaccionaba de formas exageradas.

En las semanas que siguieron, como una larga pesadilla, me sentí torpe, estúpida y ridícula, de manera cíclica. Cómo si me hubieran echado a la arena a combatir con un enemigo invisible y las gradas estuvieran llenas de espectadores dispuestos a señalar y comentar las jugadas… Aún hoy creo que algunos hubo, y que la misma vida que se me llevaba a rastras, les cobrara el precio de la entrada al triste espectáculo de alguien que se desmorona sin saber donde agarrarse.

Sea como fuere, seis meses después de adoptar al Monstruo dejé atrás la que había sido mi casa y un proyecto frustado de futuro. Sólo pude llevar un par de cajas conmigo; a pesar de todo, en una de ellas viajó el Monstruo. Yo no quería volver a ningún lado, y ya no me reconocía en los rostros de aquellos que reencontraba. Técnicamente aquello era el hogar, pero el único hogar que yo quería había sido una mentira como una ciénaga insospechada y oscura, en la que mi ilusión y confianza se habían hundido de forma irrecuperable.

Desde el estante de la habitación en la que no lograba encontrar mi sitio, el Monstruo me miraba.  Contempló primero mi dolor, luego mi enojo, más tarde mi hastío. Y yo lo miré a él hasta asumir que éramos lo mismo, que meses atrás había sido invadida por la rabia, la impotencia y el miedo, y ellos me habían tranformado en una criatura horrible. La enfermedad me había acompañado hasta el día de mi despedida… Y luego, nada, vacío. Yo era aquel monstruo de ojos demasiado grandes, incapaz de expresarse más que a miradas, o a embestidas. Avanzando contra todo y contra mi misma a golpes de fuerza, mirando a los demás cómo si me estuvieran negando un derecho de nacimiento. Rasgando mi piel contra las alambradas, o dándome cabezazos contra un muro, sólo por perseverar en un camino que no llevaba a ninguna parte. No había razón en aquello, ni mucho menos sabiduría, no había belleza ni amor, sólo desesperación y miedo a enfrentar lo desconocido y asumir que la vida podía tener planes distintos a los que yo había elaborado.

Odié al Monstruo porque creí que era el culpable de que yo hubiera perdido lo que más quería. Por hacerme tonta y dejar que las emociones se desbordaran, por enfermarme y afearme, por robarme las palabras templadas, las actitudes correctas y necesarias para pasar con éxito las pruebas de la vida en sociedad. Pero lo odié aún más cuando en un día soleado, después de un largo invierno, me hizo notar lo hermoso del paisaje. Y aunque yo lo odiaba, de todos modos él insistía, con mirada expresiva y gestos delatores, cuando un olor o un sabor despertaban mis sentidos adormecidos, o cuando caminando por la calle, pasaba cerca un muchacho de buen ver. Lo odiaba sobretodo porque mi mente tirana insistía en que nada de aquello me interesaba en realidad, ya que ninguna de aquellas tonterías me devolvería lo perdido.

Pero aquel Monstruo horrible, torpe y estúpido del que no me podía deshacer, parecía ser todo lo que en realidad tenía. Al fin y al cabo, había resultado ser el único que había reaccionado ante las injusticias que mi conciencia había aceptado sin discusión. El único que había tratado de protegerme, o había siquiera pensado en mí cuando yo misma era incapaz de hacerlo. Su olfato olía el autoengaño a leguas, sus ojos veían cuando me movia entre personas que una mano sostenían la máscara y en la otra el puñal, mucho más horribles que un monstruo desprovisto de garras y colmillos, que no tenía palabras para advertirme.

El Monstruo, la parte de mí que era él, sabía lo que sucedía mucho antes de que yo empezara a sospecharlo, posiblemente sólo hizo lo que pudo para llevarme a un lugar seguro. Y, a pesar de que aquellos que disfrutan con este tipo de espectáculos lo hicieran bailar como a un oso amaestrado, consiguió su propósito. Lo que quedaba de sensato en mí, tuvo que agradecérselo.

Así, poco a poco, fuimos llevándonos mejor. Empecé a tomarme el tiempo para entender sus indicaciones, lo que le gustaba y lo que le molestaba. Y me di cuenta que, por rudo que en ocasiones resultara, ciertamente siempre podía contar con él, para protegerme de peligros mucho mayores que él para combatir y liberar. Los miedos, las sombras profundas que nos devoran por dentro, esos girones irredentros de nuestra psique que tiran de nosotros hacia pasados que ni siquiera hemos vivido, o futuros que son condenas. Que podía cotar con él para deshilachar las trampas de la repetición y las limitaciones ficticias. Pero también para disfrutar de aventuras mucho más satisfactorias que el arte de complicarse la vida. Esa vida que siguió y que, como era de esperar, nunca devolvió lo que se había llevado, pero trajo otras distintas y se transformo de formas prodigiosas.

No voy a engañar a nadie, las relaciones son un tema delicado y un monstruo es un monstruo. Del mismo modo que no puedes enseñar a un gato a traerte las zapatillas y el periódico, el Monstruo no se deja amaestrar, ni puede competir en concursos de belleza; se desespera con las actitudes taimadas, gruñe cuando las ve venir y eventualmente causa algún destrozo irreparable y me hace pasar un mal rato. Pero nunca me ha hecho perder nada que valiera la pena conservar. A veces, los monstruos que nos habitan son mejores que las personas que nos rodean.

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Imagen: Theodor Kittelsen, sf.