Anna Taut

El don de la incertidumbre

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Viniste hasta donde yo dormía
y me despertaste,
y me invitaste a tener sed,
una gran sed para la cual
te hiciste copa donde yo la pudiera beber.

Joan Vinyoli, Llibre d’amic, 1955-1959

Somos herederos de una tradición de pensamiento en la que se premia la certeza. Vivimos en un mundo en el que todos parecen estar tan seguros de cada afirmación, o quieren estarlo, que no faltan negocios entorno a la oferta de verdades más o menos consolidadas. Tal vez sea por esto que en la actualidad proliferan los cursos, y el buscador aficionado demanda aprendizajes en los que reluzca algún tipo de sello de aprobación; datos cuidadosamente seleccionados y ligados entre sí como un código diseñado para ser empleado en un entorno que convenga que lo que hemos aceptado creer es real e inamobible. Un código que nunca falle, un sistema cerrado o un espejo enfrentado a sí mismo, ignorando lo que se halla más allá de sus infinitos reflejos.

Cuando ante la invitación de una pregunta todos se lanzan enarbolando una resplandeciente respuesta, aquél que ha sido atrapado por la incertidumbre se queda atrás, considerando varias opciones que compiten entre sí antes de llegar a un acuerdo, y como esto lleva su tiempo, pareciera que no tuviera voz. La incertidumbre nos hace torpes, especialmente cuando se nos exigen respuestas inmediatas, contundentes. Y me atrevo a decir que así nos va, y que muchas de las desgracias que nos rodean vienen de dar respuestas como goolpes a situaciones que requerirían un estudio más cuidadoso de la cuestión. Tal vez sólo por eso, con el tiempo, he aprendido a ver con con mejores ojos esa incertidumbre que he cargado a través de los años; la misma que ha entorpecido mis pasos, como una sombra densa enredada en mis palabras y proyectada sobre toda cosa en la que fijara mi atención.

En tiempos en los que el enfrentamiento verbal sustituye cada vez con mayor frecuencia al diálogo, el cuestionamiento se emplea a menudo como un ataque preventivo contra aquellos a los que nos negamos a escuchar. Pero incluso cuando el surge de forma espontánea y natural, cuando las dudas que plantea son lícitas, la incertidumbre es molesta. Nos separa de esa ansiada seguridad, tan bien vista en el campo de lo social, para arrastrarnos a los márgenes, a las tierras de nadie, a contemplar los vacíos de nuestro propio conocimiento. La incertidumbre, como un demonio que trepa a nuestra cama mientras dormimos, enciende con un beso maldito un deseo más allá del instinto, por el que cruzaremos horizonte tras horizonte y veremos caer una y otra vez nuestras constructos mentales del mismo modo en que los castillos de arena sucumben bajo la caricia titánica de las olas.

El deseo de conocer más allá de la respuesta dada se convierte en  una especie de maldición, porque nos lleva de la mano más allá de los límites de lo que conviene saber, es decir, más allá de los límites de lo que nos conviene cuestionar si pretendemos tener vidas decentes  según el modelo estandar de la sociedad en la que nos haya tocado crecer. El demonio de la incertidumbre nos aleja de lo conocido, unas veces de formas tan sutiles que no nos damos cuenta hasta que es demadiado tarde, y otras de forma inmediata y violenta, pero siempre nos involucra en el riesgo de la aventura sin resultados predecibles. Paseamos nuestra incertidumbre escondida entre las ropas, como una malformación o enfermedad que despierta el miedo, la burla o la conmiseración ajenos. A cambio de este peso extra, sin embargo, el demonio de la incertidumbre nos lleva más allá de los sistemas cerrados, de los espejos enfrentados, de las respuestas amañadas, del blanco o negro, de ver al otro -a cualquier otro- como un enemigo. Nos lleva por ese camino nunca mencionado en el que las fronteras se diluyen y las categorías se superponen. En un mundo empeñado en cerrar los interrogantes a golpes, la incertidumbre puede ser también un don, un último resquicio de libertad por el que trazar un camino que pueda llamarse propio.

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Imagen: Awakening of Wolves, Anna Taut