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La comunidad

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Una de las cosas interesantes que tiene la búsqueda, es que cuando conseguimos formular las preguntas que importan, las respuestas llegan. La mayoría de veces no lo hacen por los canales esperados, ni las captamos a la primera, pero llegan – al igual que las preguntas-. Hace ya un tiempo me empecé a preguntar por el sentido de la comunidad en el mundo de la brujería, una idea muy apropiada para las fechas que acabamos de pasar, por otro lado.

Crecí convencida de que sería dificilísimo encontrar “a los míos”, con la escasa literatura a mi alcance, creí, de hecho, que era cosa de otros tiempos y otros países, y que era demasiado tarde para llegar con estas viejas historias al mundo. Algunos años más tarde, internet se encargó de desmentir ese temor y, con el tiempo, había ya un creciente número de grupos paganos abriéndose camino aquí mismo. Pasada la euforia inicial, y a pesar de tener buenas relaciones, seguía sin encajar. Y después de otro puñado de años aquí estábamos generando nuevas relaciones, organizando actividades y proyectos. Y, sin embargo… Seguía preguntándome dónde estaba la comunidad. Poco a poco – y esto es válido para la que escribe- asumí que, a parte de algunos colegas testados a través del tiempo, y un grupo escogido de contactos a los que admiro y respeto, a menudo me resultaba tan fácil o más identificarme con personas fuera del paganismo que dentro de él.

Tal vez porque el paganismo es un título genérico que agrupa muchas creencias y tradiciones, alentadas por diferentes líneas de pensamiento en ocasiones opuestas entre sí y difícilmente reconciliables. La idea de una comunidad “pagana” sonaba cada vez más artificiosa y forzada, especialmente cuando se trataba de dibujar una frontera entre los que estaban dentro y fuera de ella. Tal vez porque me interesan las personas antes de sus modismos particulares, esto se me hizo especialmente triste cuando descubrí que aún hay quienes prefieren ocultar al mundo lo que son, como si esta vida fuera una novela de J.K. Rowling y debieramos mantenernos a parte y no mezclarnos con estraños que nada saben de magia.

Uno de los momentos más impresionantes de mi vida fue el ver aparecer a mis compañeros de trabajo en la conferencia sobre el contacto con los difuntos que hicimos el pasado otoño en el Museo Íbero de Cerdanyola. Y, de hecho, es a ellos más que a nadie a quienes debo mi actual sentido de comunidad.  La comunidad son las personas con las que nos encontamos día a día, las compañías que no elegimos pero la vida nos pone al lado para recorrer una parte del camino; nuestras familias, de sangre o políticas, nuestros vecinos, las personas que nos atienden en los comercios que visitamos o en el centro médico, o nuestros compañeros de trabajo. No significa que tengamos que llevarnos bien con ellos, pero en cierta manera entre ellos nos resulta más fácil la toma de tierra, y nuestro desenvolvimiento como personas reales, más allá del reino de las idealizaciones.

Cuando nuestro mundo se derrumba, por una súbita desgracia, a menudo son estas personas las que nos acogen, porque por dolidos que estemos no podemos desaparecer del mundo por tiempo indefinido y nos toca asumir que la vida sigue. Uno a veces nos abe el alcance de una palabra, o un gesto amable (lo mismo con la actitud contraria). Somos extraños, pero confluimos en las pequeñas cosas, y a veces llegamos a darnos cuenta de que, de aquellas personas que a priori no parecían tan importantes, conservamos algo que nos acompañará para siempre, y que lo mismo les habrá pasado a otros con nosotros.

Una de mis funciones en este mundo es adentrarme en las nieblas de la memoria, y traer de vuelta a la comunidad parte de esos tesoros olvidados, ponerlos en sus manos, restablecer el vínculo. Nunca he sido tan feliz como cuando alguien se ha reconocido en uno de esos fragmentos y ha recuperado parte de su propio brillo. Creo que es necesario ver más allá de las etiquetas y las denominaciones, bucear hasta el fondo de la humanidad, donde las palabras se pierden, y reencontrarnos. Cada uno con su especialidad, porque no hay que olvidar que los demás tienen otras.

Ciertamente algunas de las cosas con las que tratamos no son fáciles de explicar, ni falta que hace, pero no conviene olvidar que el camino que nos atañe tiene una ida, pero también un regreso. Y que a pesar de las persecuciones, los malentendidos y la mala imagen que la brujería arrastra, y aún desde los márgenes, el brujo siempre ha tenido un papel relevante de cara a la comunidad. En muchas ocasiones, esto depende del modo en que nos presentemos, y aquello a lo que damos pie. Sabiendo de mis actividades, mis compañeros nunca me han pedido que les tire las cartas o que les haga un amarre, por ejemplo, ni han dado muestra de algo que no sea respeto. Les he mostrado esa pequeña parte del mundo que me es más familiar y que, de algún modo es también suya. Pero ellos han hecho lo mismo por mi. Y así, con el paso del tiempo, nos hemos ido conociendo y reforzándonos mútuamente a lo largo de nuestros propios altibajos. Y esto, para mí, ha dado por fin sentido a la palabra “comunidad”.

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Imagen: Igor Sava